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*Iván López

¿Qué es un videojuego? ¿Un par de píxeles aquí y allá? ¿Polígonos movidos por un complejo sistema procedural?  ¿Un mundo abierto y vasto? ¿Un oso con pico y pala que baila para recolectar ítems?  ¿Un montón de caramelos  encajando uno tras otro? Todo son juegos, sí. Pero, ¿qué es lo que tienen en común todos estos elementos? A día de hoy ya queda muy lejano decir que son “una pérdida de tiempo”. Porque alguna vez lo fueron, sí, puede ser, una pérdida de tiempo o un mero entretenimiento para niños y niñas, pero a través de los años se han convertido en mucho más que eso.

La tecnología avanza y los programadores, el talento y el interés de la gente han permitido crear historias interactivas, envolventes, competitivas y fascinantes. Juegos con aspectos cinematográficos. Guiones tan profundos como novelas. Mundos amplios que parecen crecer junto al jugador. Ciudades enteras que existen porque alguien las ha diseñado. Espacios creados por bits, datos, figuras geométricas a los que estamos dando vida, importancia, como si fueran reales. ¿Dónde está la magia?

Los videojuegos transmiten muchas y diferentes sensaciones que no se experimentan fuera de ellos. Durante décadas han demostrado tener elementos artísticos que conectan fácilmente con nuestros sentidos. Pueden considerarse arte y, por supuesto, ya se toman como tal. Hace más de 30 o 40 años las y los jóvenes no sabían dónde les llevaría jugar, mucho menos programar este tipo de cosas. A día de hoy ese movimiento ya tiene forma y final. Es una carrera profesional estable, una industria más grande que Hollywood y con múltiples influencias en toda la sociedad

Si nos ceñimos al plano “jugón”, sabemos que existen profesionales que se entrenan y que llegan al límite de la exigente competitividad virtual, por decirlo de alguna manera, que se toman los videojuegos como un deporte y que incluso llegan a transmitir sus experiencias en otros canales como youtube convirtiendo el jugar en un medio de vida.

En mi caso han sido reveladores, desde niño me han enseñado a identificar  y manejar sensaciones o sentimientos. A través de experiencias virtuales he conectado con historias de personajes más de lo que lo he hecho con protagonistas de libros o películas. Tal vez he sentido placer al ganar y también cierto enganche, pero, sobre todo, creo que me he desarrollado personal, profesional e intelectualmente, porque, jugando, me llevo al límite y descubro de qué pasta estoy hecho.

Tal vez algún jugador de Pokemon Go desarrolló cariño y respeto a los animales porque «Pikachu» le recordaba a un gatito y le despertó la ternura… Tal vez alguna jugadora empedernida de Tetris se hizo arquitecta porque de pequeña se pasaba horas encajando bloques de colores… Tal vez, no sé.

Lo que sí sé es que jugar a videojuegos es algo más que simplemente ocio. Nos inspira, como ese cuento. Nos enseña, como esa moraleja. Nos acerca a nuestras metas o sueños. Nos ayuda a desarrollar nuestra constancia. Por eso, desde estas líneas y con una visión esperanzada, animo a las lectoras y lectores incrédulos a dejar de pensar que son «solo» y «simplemente» para pasar el rato. Así, las y los “gamers” podremos enseñar con más orgullo que lo somos y por qué lo somos, que es, ni más ni menos, por todo lo que hemos aprendido con un mando en la mano.

*Iván López lleva más de una década trabajando en Fad, donde ha realizado tareas de ámbitos tan dispares como Documentación, Logística, e Imagen y Sonido. Creativo, entusiasta y optimista, siempre está dispuesto a aprender cosas nuevas y a echar una mano a compañeras y compañeros. Divide su tiempo libre entre su pasión por los videojuegos, su faceta de guitarrista rockero y algún que otro baile latino en el bar que sea menester.

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