Autor: Arancha Sanz
10 julio, 2020

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La RAE define “prejucio” como un “juicio previo o idea preconcebida, por lo general desfavorable”. Yo digo que prejuicio es creer que la gente con sobrepeso solo come hamburguesas con patatas, pensar que por vestir de una determinada manera alguien tiene una determinada ideología política, o “deducir” la orientación sexual de alguien por su corte de pelo.

Los prejuicios se basan en etiquetas, muy a menudo falsas y casi siempre superficiales, que provienen de estereotipos grabados en nuestras cabezas por el imaginario social desde que nacemos.

Si parece poca cosa, no lo es. Esa mirada de reojo, ese ceño fruncido que presupone la forma de ser del chico o la chica que pasa por delante de ti tiene mucha importancia porque puede derivar en comportamientos discriminatorios hacia otras personas, según puede verse en esta gráfica.

El prejuicio es, pues, la punta de un iceberg que nunca querríamos que se hiciera realidad pero que puede construirse a base de detalles sutiles, a veces inconscientes, que contribuyen a reforzar las desigualdades sociales. Últimamente se habla mucho (y ojalá que se siga haciendo) de «micromachismos». Podríamos hablar también de «microrracismos», «microhomofobias» y demás «microdiscriminaciones» para que se tome conciencia de que los pequeños gestos y acciones contribuyen a moldear la sociedad. Es el poder que tenemos como ciudadanos y ciudadanas del mundo. ¿Y si le damos la vuelta y lo utilizamos para convertir el mundo en un lugar mejor donde, poco a poco, la diversidad le gane terreno a los prejuicios hasta hacerlos desaparecer?

En este sentido, esta semana, Facebook y Fad hemos lanzado el proyecto #DesactivaTusPrejuicios que puedes conocer en esta web. Y para, valga la redundancia, desactivar prejuicios, lo primero que debemos hacer es entender dónde se originan y por qué se perpetúan. Para ello, hemos realizado una investigación en la que hemos preguntado a grupos de jóvenes de 15 a 29 años cómo creen que les influyen los estereotipos y las etiquetas la hora de estar en el mundo y de relacionarse con los y las demás.

Este estudio concluye que las opiniones preconcebidas se originan en función de las relaciones y aprendizajes experimentados durante la infancia tanto en familia como en la escuela. Inconscientemente, nuestro cerebro identifica como afines las ideas propias y como rechazables aquellas que son distintas a las nuestras. Los prejuicios nos resultan funcionales porque nos ayudan a esquematizar la realidad que nos rodea y esto puede llegar a ofrecernos seguridad. He ahí su peligro, porque este “croquis mental” es, como decíamos al inicio, superficial y no tiene en cuenta la complejidad, la riqueza y la diversidad de la vida.

La «llave» para romper esos esquemas radica, precisamente, en que las personas aprendamos a salir de nosotras mismas desarrollando la empatía hacia los otros habitantes del mundo, sean cuales sean sus características. Algunas de las herramientas que nos servirán de mayor ayuda son el PENSAMIENTO REFLEXIVO Y EL ESPÍRITU CRÍTICO.

Los chicos y chicas que han participado en la investigación #DesactivaTusPrejuicios ya han hecho el ejercicio de “mirar hacia adentro” y, aunque reconocen que en algunos momentos de su vida han caído en la tentación de prejuzgar, nos proponen algnuas fórmulas para liberarse de prejuicios y estereotipos que puedes leer en estos quotes:

¿Entonces, qué? ¿Te animas a «desetiquetarte» de prejuicios este verano?

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