Autor: Cristina López Navas
5 junio, 2020

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El otro día, mientras veía “Cómo educar a un superhéroe”, una serie de Netflix en la que una madre viuda trata de sacar adelante a su hijo con superpoderes, me sorprendí a mí misma rechazando una escena en la que la protagonista advierte al niño, de tan solo ocho años, que habrá gente que no le querrá de la misma manera, incluso que sea injusto con él, solo por tener determinado color de piel. Pero después de unos días de reposo he entendido que me chocó la escena porque soy una privilegiada.

Y una vez consciente de mis privilegios, me pregunté: ¿Cómo puedo contribuir a mejorar esta realidad que no vivo, pero que me afecta inmensamente como ser humano? La respuesta es fácil de elaborar y a la vez difícil de acatar: callándome y escuchando, dejando espacio a otras voces que sí vivan esta opresión y esperando a que sean ellas quienes expliquen lo que ocurre, sin venir yo a dar lecciones de nada que no puedo conocer ni con la mayor de mis empatías. Dicho esto, debería callarme ya y poner punto y final, pero permitidme nada más aportar unas cifras que nos preocupan y nos ocupan a diario en Fad, con nuestra meta de construir una juventud más inclusiva, una juventud menos racista.

El mismo día en que la OMS declaró la pandemia de COVID-19, el 11 de marzo (qué fecha…) os contábamos que más de la mitad de la juventud española consideraba que en nuestro país existe discriminación por origen étnico o racial. O sea, que el problema del racismo existe para, concretamente, un 53,7% de chicas y chicos. Podemos ver el vaso medio lleno o medio vacío. Lo ideal sería que nadie lo viera porque no existe, pero, existiendo, cuantos más jóvenes lo reconozcan, mejor, ¿no? Se trata de datos que nos deben alertar sobre cuánto camino queda por recorrer, cuánto nos queda por escuchar.

Es preocupante también que el 16,8% de chicas y chicos prefiera vivir en una sociedad homogénea en cuanto a origen, cultura o religión y que casi uno de cada cuatro declaren incomodidad ante la idea de compartir vecindario con personas inmigrantes o personas de minorías étnicas (gitanos, árabes), según el Barómetro Juvenil 2019. Discriminación y tolerancia a la diversidad. Esto es grave, son porcentajes que fantasean con sociedades segregadas.

Quizás si les hubiéramos preguntado durante la cuarentena, este porcentaje se hubiera visto alterado, radicalizándose posturas, como se ha advertido desde diferentes entidades que velan por sociedades más inclusivas. Y si les hubiésemos preguntado esta semana, en la que la lucha contra el racismo institucional se ha visto avivada por el movimiento #BlackLivesMatter y el contundente y agónico #ICantBreathe de George Floyd, quizás las posturas se hubieran radicalizado aún más. Confiamos en que para bien, en cuanto a mayor conciencia de privilegios y de necesidad de alargar hasta el infinito ese “blackout” de las redes del martes.

El racismo se va instalando de manera inconsciente desde la niñez, cuando asumimos una serie de prejuicios que en determinados momentos nos resultan funcionales para sentirnos integradas e integrados, pero que para otras y otros son tremendamente dañinos, sobre todo cuando no hay oportunidad de contrastar esos prejuicios con la realidad. Es necesario que quienes tenemos los privilegios tomemos conciencia de que esa atmósfera social llena de filtros y de diferentes tratos existe, ni más ni menos que para poder atraversarla y proyectar sociedades mejores para todas y todos. Y para eso es importantísima la educación en igualdad: en casa, en la escuela, en la calle, en cualquier instancia de socialización. Y necesitamos que sean quienes padecen discriminación las y los que nos indiquen los caminos, aunque pueda dolernos lo que tienen que decirnos. Así que, por favor, que sirvan estas líneas, para animar a escribir a quienes tienen que tomar la palabra. Y yo me callo, que es lo que me toca.

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