Autor: firmainvitadapj
26 junio, 2020

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*Stribor Kuric

A riesgo de sonar redundante en una semana en la que las publicaciones sobre el movimiento LGTBI+ rivalizan con las de COVID, no quiero dejar de aprovechar esta oportunidad para recordar de dónde venimos y reflexionar sobre lo que representa el Día del Orgullo hoy en día.

Uno de los puntos de inflexión de la lucha de los colectivos no heteronormativos en España fue la primera gran manifestación por los derechos de personas gais, lesbianas, bisexuales y transexuales cuando el 26 de junio de 1977 unas 4.000 personas marcharon por las Ramblas de Barcelona. La protesta se extendió por todo el territorio del Estado para celebrarse con éxito todos los años desde 1978 con marchas multitudinarias en las principales ciudades.

La muerte de Franco no supuso la llegada automática de tendencias progresistas e integradoras, era imprescindible luchar por ellas. Agrupaciones como el Front d’Alliberament Gai de Catalunya, el Movimiento Español de Liberación Homosexual y más tarde la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales fueron pioneras, junto con toda una serie de activistas como Ocaña o Nazario y otros activismos anónimos. En España seguía vigente la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social y la orientación sexual no sólo no estaba protegida, sino que era perseguida. El cierre de locales, redadas y detenciones por parte del Estado se siguieron produciendo hasta 1982, no hace tanto tiempo. Es más, la homofobia no entró a formar parte del código penal hasta 1995.

Ahora bien, el recorrido y el alcance de esta lucha en España en particular ha sido espectacular, sobre todo en comparación con otras regiones del mundo. En 2005 se aprobó la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo permitiendo también la adopción por parte de parejas homosexuales y desde 2006 se reguló el cambio registral de nombre y género sin necesidad de procedimientos judiciales ni cirugías. Estos avances legislativos han tenido también su reflejo en la aceptación generalizada de la homosexualidad por la población española. Enfocándonos en la población joven, generalmente más progresista, el “Barómetro Juvenil 2019. Discriminación y tolerancia a la diversidad” del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud nos permite constatar que hasta un 95,8% de las jóvenes y un 86,2% de los jóvenes expresan una nula o baja incomodidad ante el supuesto de compartir vecindad con personas con diferente orientación sexual a la propia. Como vemos, los hombres tienen un menor porcentaje de aceptación que las mujeres y esta misma tendencia se observa también con las personas que expresan un alto grado de religiosidad o posicionamientos ideológicos de extrema derecha.

No obstante, el optimismo de los datos también fragua un peligro inherente. Nos puede llevar a pensar que la lucha del colectivo LGTBI+ ya ha sido ganada, que no queda mucho por hacer y que incluso se está dando más bombo del necesario. Nada más lejos de la verdad.

Esto es algo que se escucha con cada vez más frecuencia cuando hay un elemento lúdico incorporado en la protesta, como ocurre con las marchas del Día del Orgullo. Hay una serie de estereotipos homófobos que están integrados en nuestra cotidianeidad, aunque no siempre seamos conscientes. Os invito a pensar si en algún momento alguien de vuestro entorno, o vosotros y vosotras mismas, habéis expresado algo en la línea de:

“¿Y por qué no hay un día del hetero?”

“Una cosa es protestar, pero es que ahí van a emborracharse”

“A mí no me molestan los gays pero es que las locazas; ¿para qué necesitan vestirse así?”

“Si vas a ir al orgullo llévate un tapón que la gente va muy suelta”

En 2018 las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad registraron en España hasta 259 incidentes vinculados a la orientación sexual e identidad de género y hasta 182 de los mismos fueron delitos de odio. Según el Observatorio contra los Delitos de Odio cerca del 80% de las agresiones nunca se denuncian. Aunque el actual gobierno acaba de iniciar los trámites, todavía no hay una Ley Estatal del colectivo LGTBI+ y comunidades como Castilla la Mancha, Castilla y León, La Rioja, Asturias y Cantabria carecen de legislación específica por lo que prácticas conocidas como las terapias de reconversión para “curar” la homosexualidad siguen sin estar prohibidas o penadas.

Volviendo a datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, un 11,5% de los y las jóvenes han sentido discriminación en sus propias carnes a raíz de su orientación sexual y hasta un 38% considera que es uno de los principales motivos de discriminación en España, porcentaje que se eleva entre la población más joven (de 15 a 19 años) y habitantes de zonas rurales.

La lucha del colectivo LGTB+ sigue siendo tan necesaria y relevante como siempre, y todo esto sin ampliar la lupa al panorama internacional, que es realmente descorazonador. Ser homosexual es delito en alrededor de 70 países y en 8 de ellos se condena con pena de muerte. Debemos alegrarnos inmensamente de vivir en un tiempo en el que el Día del Orgullo se pueda considerar una fiesta y no sólo una reivindicación. Es importante enfatizar que no son conceptos excluyentes.

Sin embargo, este año es diferente. Este año no habrá manifestación ni fiesta, no habrá afluencia de turismo internacional, no habrá beneficios millonarios en sectores hoteleros y hosteleros. Ante esto cabe preguntarse, ¿cuántas banderas arcoíris veis desde vuestras ventanas? ¿Las mismas que el año pasado? Es obvio que hay cierto oportunismo capitalista que integra el discurso de la tolerancia. Yo me alegro de que la bandera arcoíris se haya vuelto mainstream y un objeto de merchandising turístico, que se vea la bandera para mí siempre es positivo, pero no podemos olvidar su origen. Tampoco podemos olvidar la pluralidad y la multidimensionalidad del movimiento LGTBI+, iniciativas como el Orgullo Crítico son muestra de ello. Problemas como la invisibilización de personas lesbianas frente a gais, la falta de atención que expresan otros colectivos como el de las personas transexuales, queer, bisexuales, intersexuales, no binarias, asexuales, etc. y, sobre todo, el carácter necesariamente interseccional de la sexualidad con otras variables como la etnia o la clase social deben seguir abriendo nuevos debates que se tienen que abordar y nuevos caminos que tienen que hacerse al andar.

*Stribor Kuric es doctor en sociología y antropología y técnico de investigación de Fad. Sus principales líneas de investigación son la sociología de la cultura y el arte y la sociología del trabajo con perspectiva de género. Forma parte de equipos de investigación como «Mujeres en Mundos de Hombres» y «Charles Babbage en Ciencias Sociales del Trabajo. Criado en Vila-real, residente en Madrid desde hace diez años y ciudadano del mundo.

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