Autor: Cristina López Navas
23 enero, 2020

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Si tuviéramos que trazar un recorrido emocional en los cuerpos de las personas jóvenes que juegan con dinero, la casilla de salida se relacionaría con lo divertido de las pequeñas apuestas en grupo y la casilla final con lo solitario y peligroso de jugarse más y necesitar hacerlo más a menudo.

Uno empieza con la cosa de poner algo de dinero en un bote para echarlo en la sala de apuestas del barrio, un día cualquiera al salir del instituto. La persona individual se refugia en su grupo de pares, que le ayuda a perder la noción del peligro que puede asomar ligeramente en la adolescencia. No pasa nada, forma parte de un nuevo modelo de ocio juvenil al alcance casi de cualquiera en el que la gestión de pequeñas apuestas forma parte de la diversión.

Compartir las mismas “aficiones” procura, en estos casos, una integración fundamental para esta etapa de la vida. Si se gana, además, se dispara una carga de adrenalina gregaria que viene bien para volver la semana siguiente a echar el rato. Es una fase de no ambición, de pasar la tarde sin preocupaciones y de distracción justificada en el ser “uno más”, “una más”.

Pero un día, el/la joven tiene más voz en una determinada apuesta del grupo y la apuesta se gana. Y el/la joven es protagonista. Y si encima el juego tenía algún componente estratégico (no solo puro azar), el/la joven se viene un poco arriba y piensa: “A mí me produce más felicidad el haber ganado por haber jugado bien que la cantidad que estoy ganando. Porque ahí lo piensas y dices, he sido más lista que a lo mejor cuatro personas”. Y el juego, entonces, se convierte en un motivo de refuerzo social.  Y esto, en la adolescencia, puede ser un antecedente de un juego problemático.

Y también lo puede ser que, por lo que sea, uno de repente encuentre en sus rutinas digitales una app de apuestas en la que puede colarse marcando “Sí, soy mayor de edad”. Y que entre a jugar con unas coins o con unos bonos que te dan para probar. Y diga: “Coño, ¿cómo mola esto, no? Y encima no se entera nadie”. El juego online es refugio y anonimato, a la vez que evasión y entretenimiento, un escenario de realidad distinta, en el que pueden dar ganas de quedarse, también de irse, sí, ¿pero y si se vuelve?

Cuando uno/una repite en el juego online, y se dispone de una tarjeta de crédito, dinero intangible, pero de verdad, se relaja en sus movimientos y decide asumir ciertos riesgos, también intangibles, que acompañan a la ambición por ganar. Sobre todo al principio, es un subidón ir poco a poco, saboreando la inmediatez del clic y los delirios de grandeza de ser tipster.

La cosa se complica cuando en el off line y en Internet se pasa de la emoción a la ansiedad, de la distracción a la competitividad. Porque, para ganar, hay que tener un poco de ambas cosas: el ansia por ir a más y las ganas de ser mejor que otros, pero sin fliparse, que todos y todas tenemos límites. “Hay que serlo, hay que ser un poquillo, porque si no, no hay emoción. Hay que ser un poco competitivo pero tampoco sin pasarse, sin llegar a ser malo con el resto de personas que están jugando”. ¿No?

Pues si es que no, si nos cuesta poner límites, si somos intolerantes a la frustración, si ganar además es fácil y no supone un esfuerzo, el peligro está en niveles más altos. Y si con todo este cóctel, ya se está dentro, ya se está jugando solo/sola y se tira pa’lante con lo que se tenga ya ganado, el peligro es aún mayor, sobre todo en edades tempranas adolescentes, en las que el sentido de la responsabilidad y el que nos marca a nosotros mismos nuestras líneas rojas está en desarrollo. Y es cuando más existe el riesgo de adicción.

“¿Alguien que juega a partir de qué momento pensáis que ha perdido la cabeza?

– Cuando empieza a apostar sin parar, sin parar, sin parar

– Y sin pensar lo que apuesta

– Lo está perdiendo todo y sigue y sigue”

Por eso, desde Fad, creemos que las y los adolescentes no tienen que jugar con dinero. Hay demasiadas preguntas abiertas y ninguna de las respuestas se traduce en un crecimiento personal desde lo positivo para ellas y ellos. Nos parece obvio, como dice nuestra campaña, que no hay que apostar cuando se es menor de edad porque el riesgo de que la diversión inicial se convierta en un descontrol final, es más alto. Es una cuestión de prevención.

Si, como nosotras y nosotros, piensas que no merece la pena recorrer este totum revolutum de sensaciones de juego antes de la cuenta, #defiendeloobvio. Por una juventud más sana, más responsable, más consciente y con más posibilidades de llevar el propio control de sus vidas.

*El recorrido ha sido narrado gracias a las sensaciones y citas recogidas en el capítulo 8 de la investigación «Jóvenes, juegos de azar y apuestas», desarrollada por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de Fad

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