Dicen que en Chile mientras tengas una cama, puedes ser considerado ciudadano de primera categoría y tendrás derecho a volver al país vayas donde vayas y estés el tiempo que estés fuera. En España, más bien, podríamos decir que quien tiene una cama “a su nombre” es un absoluto privilegiado, más aún si eres menor de 30.

En nuestro país, la mayoría de los y las jóvenes tienen camas prestadas o “en usufructo”, lo que quiere decir que aún viven en casa de sus progenitores o que, como mucho, viven en una residencia de estudiantes (generalmente, porque no estudian cerca del domicilio familiar) o en un piso de alquiler. Hay otros, los menos, que han tenido la suerte de visitar una tienda, comprar un somier, un colchón, una almohada, sábanas y un edredón en los que descansar. Por supuesto, sin dinero debajo ni techo propio, eso ya sería un lujo ibérico, y nunca mejor dicho.

Según el estudio “El impacto de la crisis sobre los patrones de movilidad residencial de las personas jóvenes en España” (Bosch Meda y López Oller, 2017), la emancipación a una vivienda independiente ha sido, hasta los años ochenta, un aspecto fundamental de transición a la vida adulta y que ocurría de forma casi natural. Desde los noventa, las transformaciones políticas, sociales y económicas han modificado profundamente este proceso, haciéndolo más complejo, incierto y, a veces, reversible.

Concretamente, desde el comienzo de la crisis (2008), los cambios de vivienda en las personas jóvenes, bien dentro del mismo municipio de residencia original, bien a otros puntos de la geografía española, se han reducido y han adquirido ciertas particularidades. Se han detectado también aumentos en las tasas de trayectorias boomerang o yo-yo (es decir, de vuelta a casa, no por Navidad, sino por una temporadita más larga…) y en las migraciones al extranjero.

La cosa no está nada fácil, según los análisis de las estadísticas y los censos. El contexto de estancamiento y precariedad del empleo, evidentemente, no ayuda (recordemos que empleo, vivienda y movilidad van de la mano). “De entre todos los factores que caracterizan la integración laboral de la población joven, a nivel territorial, la tasa de actividad parece ser la variable con mayor capacidad para explicar el diferente comportamiento de la tasa de emancipación en cada comunidad autónoma” (Bosch y Meda, 2017: 34).  

Por último, desvelamos que hay marcadores de la forma en que te independizas (si te independizas): el género, el lugar de procedencia y la edad. Podemos concluir que las mujeres jóvenes acceden a irse de casa antes y con más frecuencia que los hombres jóvenes y que las personas jóvenes extranjeras tienen una movilidad residencial mayor que las españolas.

Si quieres saber más y abrir puertas y ventanas al conocimiento de la movilidad residencial, ¡independízate! O sea… Descárgate el estudio.