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El próximo 8 de marzo volveremos a escuchar con fuerza las palabras “igualdad” y “equidad”, pero ¿sabemos cuáles son realmente las diferencias entre ambos conceptos?

Cada vez las palabras igualdad y equidad (de género)son escuchadas con más frecuencia, pero no siempre se tiene clara la diferencia entre ambos términos, utilizándose a menudo como conceptos sinónimos e intercambiables. Sin embargo, cabe plantearse la diferencia entre ambas nociones y sus horizontes teóricos, en un contexto donde el feminismo pisa con fuerzas las calles para denunciar las desigualdades y donde cada vez se hacen más visibles y patentes las desigualdades sociales entre los hombres y las mujeres, también entre los y las más jóvenes.

En este sentido, uno de los mayores debates en torno a la utilización de ambos términos se produjo en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995. Como resultado de la conferencia, a nivel general, el término igualdad de género prevaleció en la definición de los Derechos Humanos. No obstante, esto no se produjo de manera homogénea en todo el mundo. Por ejemplo, América Latina ha seguido utilizando de manera mayoritaria el concepto equidad, al entender que la igualdad parte del “hombre” como modelo a alcanzar en la consecución de derechos y oportunidades, sin tener en cuenta los “universos de referencia” de las mujeres y sus formas de entender y posicionarse en la realidad social.

Así, mientras que la igualdad se ha concebido desde estas posiciones como la construcción de unos deberes, formas de hacer  y “horizontes vitales” iguales para todo el mundo, el uso del término equidad ha permitido la especificación de las distintas posiciones de partida en cuanto a recursos materiales, sociales, jurídicos y económicos, según el género. Por tanto, se entiende que la equidad tiene como fin último contribuir a lograr la igualdad, pero poniendo el énfasis en las diferencias sociales, desigualdades y las necesidades dispares que enmarcan a los hombres y las mujeres.

Además, el concepto de igualdad de género se ha asumido como un término enmarcado en los contextos occidentales surgido a partir del feminismo de la igualdad (nacido en el seno de las reivindicaciones de las mujeres sufragistas europeas y estadounidenses). En este contexto, se ha considerado que el concepto “igualdad de género” tiene un enclave histórico, cultural y político que no puede extrapolarse a las realidades plurales y globales de las mujeres.

No obstante, relacionado con lo mencionado anteriormente, en los discursos hegemónicos, la igualdad de género es el término más comúnmente empleado por las entidades internacionales y como marco de los Derechos Humanos.  Por tanto, el uso de ambos conceptos viene a menudo determinado por las coordenadas sociales de las mujeres que interpelan los discursos, haciéndose compleja una construcción teórica y conceptual que permita analizar  y reivindicar -sin filtros occidentales y blancos- el objeto plural del feminismo.

Todo ello nos invita a pensar en la necesidad de elaborar una teoría y una praxis que  pongan en el centro la necesidad de construir escenarios de género no jerárquicos y que a la vez tengan en cuenta la heterogeneidad de las mujeres que conforman la sociedad global. Se trata, por tanto, de llevar a la esfera institucional, lo que este viernes 8 de marzo volveremos a escuchar: que las mujeres somos plurales (¿alguien cuestionaría que los hombres no lo son?) y diversas y que, por tanto, no hay una única forma de encarnar el feminismo en la lucha de los derechos de las mujeres. 

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