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La de 1999 fue mi primera Nochevieja. Tenía quince años. No conservo ni una foto, pero recuerdo que la tarde siguiente quedé con mis amigas en una hamburguesería del barrio para recrear lo vivido. Por aquel entonces, ya tenía móvil y lo utilizaba para comunicarme con mis amigas de lejos y para concretar quedadas con las de cerca. Lo que no tenía eran redes sociales, tan solo un nickname con el que empezaba a explorar mi yo online

Esta Nochevieja de 2019 no voy a salir, pero de hacerlo, y de volver a tener quince años, me imagino que saldría a algún local barato, haría un buen puñado de fotos, unas cuantas stories y que al día siguiente golpearía cientos de veces mi pantalla táctil para repasar lo mío y lo de las demás. También me imagino que mandaría un montón de audios de “Feliz añooooooo” y editaría un selfie mandando un beso a la cámara de mi smartphone para actualizar mis perfiles.

En esencia, son dos “quince años” que han cambiado poco. La amistad: en el centro. La exploración de mi físico y de mi personalidad: transversal a todo. Y la necesidad de revivir lo bailado y cantado: la garantía de haberlo pasado bien. Lo que han cambiado son algunos procesos de relación, propiciados por la aparición de la infraestructura que nos permite establecer vínculos a distancia, mantenerlos, generar nuestros propios discursos, representar nuestra propia imagen y dejar constancia de pertenecer al grupo. Y esto, a la larga, sí que va pesando en la modificación de los hábitos de ocio, quizás no tanto en una Nochevieja, pero sí un sábado cualquiera.  

Según el informe “Jóvenes, ocio y TIC. Una mirada a la estructura vital de la juventud desde los referentes del tiempo libre y las tecnologías”, la juventud española es cada vez menos de salir, menos “fiestera”. Esto se traduce en que el ocio masificado (del que hablábamos en nuestra anterior entrada) va dando paso a un ocio más casero, que no necesita tanto de presencia en espacios públicos para cumplir su función identitaria. Esta introspección tiene que ver con la crisis económica (menos dinero = menos fiesta, menos compras, menos cine), pero también con Internet y las pantallas, que nos chutan la dopamina suficiente como para sentirnos ociosos y, además, nos dan la posibilidad de elegir productos culturales, de enviarnos las compras a casa y de proyectarnos como seres humanos, encauzando nuestra parte más social.

Y así pasa, como desarrollan en profundidad en el blog de Análisis y Debate del ProyectoScopio, que desde principios del siglo XX, todo lo que gira en torno al uso de las tecnologías de la información y la comunicación está en lo más alto de las preferencias de ocio de los y las jóvenes. El ocio digital llegó para quedarse. Para quedarse y acomodarse en la sociedad del hiperconsumo en la que se mueven las y los jóvenes. Y en la que nos movemos las y los adultos, no lo olvidemos.

Y esto no es ni bueno ni malo, ni blanco ni negro, es lo que es: la herramienta al servicio de las personas. De nosotras y nosotros depende el cómo la utilicemos. Desde hace unos años, circulan propuestas de dejar los móviles en el centro de la mesa de las cenas navideñas y no tocarlos para fomentar la conversación cara a cara, como en su momento padres y madres pedían apagar la tele para tener un rato de charleta con sus hijos e hijas. Y esto está bien, cómo no, pero que no perdamos de vista que valores y costumbres cambian de la mano y cada vez va a ser más frecuente que haya quien decida divertirse en Nochevieja combinando lo off y lo on, sobre todo las y los más jóvenes.

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