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Nos encanta hablar del ocio de las y los jóvenes. Sabemos que es parte fundamental de su socialización y maduración y nos tira mucho el habernos especializado en sensibilizar sobre la necesidad de un tiempo libre más saludable en esta etapa de la vida. Con motivo de la publicación de “Protagonistas y espectadores” a finales de octubre y de la celebración de la Jornada “Jóvenes y ocio. Nuevos retos, nuevas respuestas” este final de noviembre repasamos los hitos históricos más importantes de este fenómeno para llegar al presente. Se trata de un TEMAZO que sigue hoy, más que nunca, en el centro de nuestra esencia.

“La evolución del ocio en la juventud española no se dimensiona bien si no se tiene en cuenta lo que históricamente ha sido el ocio en España, que ha sido un bien escaso”, indicaba Eusebio Megías, psiquiatra y asesor de Fad, en la presentación de “Jóvenes. Protagonistas y espectadores”. Hasta mediados del siglo XX, “la sociedad española, de la misma forma que no contemplaba la figura de la adolescencia (el niño pasaba directamente a tener que trabajar), no entendía qué era eso del ocio. Era una sociedad pobre desde el punto de vista del descanso cultural”, indicaba Megías. Hasta entonces, el tiempo libre de las y los jóvenes era muy parecido al del mundo adulto.

Es la llegada de la democracia la que provoca una apertura de puertas y ventanas en lo que al ocio juvenil se refiere. En este momento, finales de los 70, principios de los 80, es cuando la sociedad general empieza a fijarse en el ocio de la población joven. Según Megías, que ha coordinado los estudios sobre jóvenes durante más de veinte años en Fad: “Lo que empezó a llamar la atención poderosamente fue la ocupación del espacio público por parte de la juventud, que el ocio ocupase las plazas, las calles, despejando esas plazas y esas calles de la población adulta”. La apropiación de espacios sirve para encontrar un espacio de autonomía y de libertad propias y el ocio empieza a tener “funciones de carácter identitario”.

Parafraseando a Elena Rodríguez San Julián, en el capítulo dedicado al ocio de la publicación “Protagonistas y espectadores” (Fad y Fundación SM, 2019: 309-310), el tiempo libre es un espacio-tiempo privilegiado para ensayar y configurar identidades individuales y, sobre todo, colectivas. En este sentido, los ochenta son años en los que adolescentes y jóvenes se identifican con la provocación, la subversión y la búsqueda de límites (también en lo que riesgos se refiere), lo cual pone a prueba la tolerancia de la población más mayor que mira escandalizada a este sector de la población que va marcando sus propias idiosincrasias en el espacio público, con movimientos contraculturales como el de la Movida Madrileña, y en el espacio privado.

Y en esta etapa en la que la juventud está “en la cresta de la ola”, después de más de una década de “subidón”, irrumpe la crisis económica de principios de los noventa que se traduce, como suele pasar, en el ascenso de tasas de desempleo juvenil. Son jóvenes que no tienen dinero suficiente para emanciparse, porque el empleo que hay es frágil, vulnerable y precario, pero sí tienen ingresos suficientes para pasárselo bien, para elegir en qué invierten el tiempo libre del que disponen por la reducción del tiempo ocupado. Esto es aprovechado (bueno, no se sabe si fue antes el huevo o la gallina) por la industria del ocio, la cual crea la necesidad y a la vez la sacia.  

“La explotación comercial que del ocio juvenil hace rápidamente la sociedad, y la definición identitaria que el ocio supone para los jóvenes en ese momento, conlleva que la sociedad vea a la juventud como una especie de paréntesis de deresponsabilización que no tiene más función que la vivencia presentista”, indica Megías. Eso es lo que se viene a denominar el “parque temático juvenil”, como acuñó Guiérrez del Álamo en “Jóvenes y empleo. Una mirada desde el derecho, la sociología y la economía” (Fad, 2016: 27). Megías explica este momento determinante para la representación social del binomio “juventud y ocio” así: “En este escenario lo que se hace es “actuar, sobreactuar la diversión y esa deresponsabilización del imaginario colectivo. Esto marca, de una forma dramática, la imagen que los jóvenes tienen frente a la sociedad y la imagen que los propios jóvenes empiezan a incorporar de sí mismos”.

(Continuará)

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