Se cuentan por millones los rankings cinematográficos que existen sobre películas para jóvenes. La temática es variada: mostrar la tolerancia, la libertad, los valores morales, la sexualidad o el respeto. Educar, en resumidas cuentas. Pero, ¿realmente la función de cierto tipo de cine solamente va dirigida a la juventud? ¿Y si muchas historias del séptimo arte también sirvieran para educar a los adultos en el conocimiento de una edad que han olvidado?

También en este caso son cientos los ejemplos pero hemos querido seleccionar una docena de películas muy especiales en este objetivo. A primera vista, pueden parecer para jóvenes, pero en sus fotogramas se esconde un mensaje más profundo. Un grito de comprensión que se exige a la vida adulta. Descubrámoslo. Disfrutémoslo. Aprendámoslo.

‘El viaje de Chihiro’, de Hayao Miyazaki (2001). El siglo XXI arrancó con una auténtica revolución en el mundo de la animación japonesa. La imaginación desbordante en la historia de una niña perdida en un mundo fantástico donde no hay lugar para los seres humanos y donde intenta recuperar a sus padres, no es un simple cuento infantil de dioses y monstruos. Está repleta de mensajes ocultos que se multiplican en cada secuencia y que orbitan en torno al misterio que se abre paso en la mente de Chihiro, sometida a la dictadura de la bruja Yubaba. El coautor de otras maravillas como ‘Ponyo en el acantilado’ o ‘Mi vecino Totoro’ esconde claves alucinantes en dragones y criaturas apocalípticas desvelando valores como la responsabilidad y el respeto. Hay mucho de la ‘Alicia’ de Lewis Carroll en este descenso-ascenso de la protagonista hacia su propio descubrimiento, pero también un inmenso decálogo de señales dirigidas a los más mayores, y que solo funcionan si se limpia la mirada y dejamos que repose en la mente cada uno de sus diálogos y psicotrópicas criaturas. Todas cumplen un papel. Destaparlo es un juego sencillo y reparador.  

‘Boys don’t cry’, de Kimberly Peirce (1999). En 1993, con 21 años, Brandon Teena fue brutalmente golpeado, violado y asesinado por su condición transexual. Había nacido en 1972 como Teena Brandon y durante su adolescencia luchó contra las imposiciones de género vistiéndose y actuando como un chico. Con ello también se reveló contra una infancia repleta de abusos sexuales, maltrato e incomprensión. Su violento asesinato se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos LGTBI e inspiró esta película protagonizada por una espléndida Hilary Swank que se llevó el Premio Oscar de interpretación. Hoy en día, aunque es cierto que se ha avanzando mucho en la erradicación de la transfobia y la homofobia, esta película sigue siendo un ejercicio necesario de empatía para los que todavía siguen hablando de personas “normales” y “no normales”. Algo como la libertad de identidad y orientación afectivo-sexual, que ya cada vez se interioriza mejor en las nuevas generaciones, es una asignatura pendiente para edades más avanzadas. Conocer a Brandon Teena, sufrir su dolor, quizás rompa muchos armarios donde la juventud permanece atrapada por culpa de sus mayores más allegados. 

‘La lengua de las mariposas’, de José Luis Cuerda (1999). El cineasta albaceteño fraguó en esta película una obra maestra del cine español, basada en varios relatos del libro de Manuel Rivas ‘¿Qué me quieres, amor?’. El hilo principal es la historia de Moncho, un niño que inicia una relación de aprendizaje y fraternidad con su maestro en un pequeño pueblo y durante los meses previos al estallido de la Guerra Civil Española, durante la Segunda República. No es un simple revisionismo más de este trágico episodio. Es un canto a la infancia, a la adolescencia y a la juventud que guarda un oscuro misil emocional para los padres que no tuvieron más remedio que proteger a sus retoños de la que se les venía encima en el medio rural. Es este un episodio olvidado -otro más- de nuestra memoria histórica. En muchas pedanías hubo más juicios sumarísimos que actas oficiales. Por eso esta historia sigue estando tan vigente 20 años después de su estreno. Es una fórmula de comprensión mutua entre padres e hijos, pero ante todo, y al margen de la voracidad de una guerra fratricida que solo asoma al final, un ejercicio de fantasía en los márgenes del realismo mágico infantil. Ese que muchas veces dejamos de comprender con la mayoría de edad.  

‘El señor de los anillos’, de Peter Jackson (2001-2003). No podemos obviar en esta lista el género de la fantasía épica en su máxima expresión. Dicen que esta obra literaria de Tolkien nunca ha sido una saga recomendable para menores de 18 años debido a la dificultad de muchos de sus pasajes, pero la trilogía cinematográfica ayudó a romper este estereotipo. Con la adaptación al cine de los tres libros, Jackson extrajo todo el jugo emocional de sus páginas y ofreció un espectáculo inigualable con el que arrancó una nueva manera de hacer cine. Al margen sus batallas y secuencias inolvidables, se encuentran las claves de un manual de supervivencia para jóvenes y adultos. La amistad, la fuerza de voluntad, el pacifismo, el ecologismo, la tolerancia y la libertad anidan en un guion nada fácil que conviene revisionar cada cierto tiempo, porque siempre aparecen nuevas formas de extrapolar sus andanzas a nuestra vida cotidiana. La aventura de Frodo no deja de ser una experiencia vital y de aprendizaje. Y su llegada a los Puertos Grises, un puente a la vida adulta.

‘Rain Man’, de Barry Levinson (1988). En la década de los 80 todavía no era muy común que en el cine se abordaran ciertas enfermedades. Se había hecho, pero en películas olvidadas o denostadas por no ser ‘cómodas’ para el gran público. La historia de Raymond construyó un nuevo paradigma en este sentido y además lo hizo a través de los sentimientos de su hermano, un joven que piensa que tiene la vida amarrada por todas sus costuras. Transcurrido el tiempo, algunas partes del relato pueden resultar algo ingenuas o sensibleras, pero es necesario acercarse al contexto de desconocimiento e incomprensión social que existía en aquellos días hacia patologías como el autismo o cualquier otro tipo de diversidad funcional. Todavía no teníamos unos ‘Campeones’ como los de Javier Fesser que nos sirvieran de referencia. Este hombre de la lluvia fue necesario, y lo sigue siendo, para aunar sentimientos que han traspasado generaciones. Aunque hoy en día esté algo olvidada, la ternura y sentido del humor de la película han resistido el paso del tiempo con la fuerza suficiente para que los adultos de hoy le echen un vistazo al aprendizaje de ayer. 

‘Captain Fantastic’, de Matt Ross (2016). En las entrañas de un bosque, un joven está llevando a cabo un ritual de supervivencia que debe superar para que su padre le otorgue la mayoría de edad. Pero no se trata de ninguna época antigua ni de ninguna tribu ancestral. Se trata de una familia actual de un padre y sus hijos que viven con lo necesario dentro de un parque nacional de Estados Unidos. Los niños reciben una educación estricta pero también aprenden a conseguir lo necesario para su subsistencia dentro de una espiral de auténtico ‘hipismo’ y reciprocidad entre ellos y su progenitor. Todo es cercano y fácil hasta que sucede algo que obliga a todos ellos a ‘salir’ a la civilización y enfrentarse a una sociedad que los ve como bichos raros y donde las convenciones familiares están muy lejos de lo que ha aprendido. Esta fabulosa película es una llamada al amor fraternal que tiene numerosas lecturas pero donde la ternura, el sentido del humor y la empatía constituyen su auténtico tesoro narrativo. Pese a haber pasado un poco de puntillas desde su estreno hace tres años, es de visionado obligado para adultos y jóvenes, sobre todo para contrastar opiniones sobre la respuesta a su pregunta más esencial: ¿qué es en realidad la libertad?

‘La noche del cazador’, de Charles Laughton (1955). Es el cuento infantil más emblemático del cine de terror. Pero, evidentemente, no es para niños. Sus protagonistas sí lo son: dos pequeños enfrentados a un malvado asesino y ladrón que consigue entrar en sus vidas por la confesión de un botín que un condenado a muerte le hace en la cárcel. La custodia de un tesoro escondido en alguna parte embarca a los pequeños en toda una aventura de persecución llena de simbología cinematografía, posteriormente importada por muchos cineastas. El miedo es el eje principal de esta historia, pero por encima de la pesadilla resurge en cada escena la mutua protección de los hermanos y el valor de ambos para encontrar su propio refugio. Es un clásico del séptimo arte que no ha perdido ni un ápice de su esencia mágica y que ayuda a darse cuenta de que no hay una edad adecuada para enfrentarse al mal en estado puro, y cómo adentrarse en sus terrores es descubrir también el carácter heroico de los más frágiles. Como en la mayoría de los cuentos más tradicionales, los niños se hacen mayores a costa del mal, pero al contrario que en los cuentos más tradicionales, su periplo es un descenso a los infiernos solo apto para adultos.      

‘Billy Elliot’, de Stephen Daldry (2000). Muchos sueños se venden caros, y si alguno nos conmovió a principios del nuevo siglo fue el de este joven que se encuentra accidentalmente con la danza cuando está en una clase de boxeo obligado por su padre. A partir de ahí descubre una pasión que sobrepasa todo lo racional y que le lleva a enfrentarse con la incomprensión. Eso por un lado. Pero por si fuera poco, la película se ubica en una localidad inglesa de los años 80 azotada por las numerosas huelgas de la minería y condenada a un nivel de vida donde la lucha social debe apoyarse sí o sí. Porque no queda otra. Billy hace lo que puede en torno al trágico conflicto familiar en el que está sumido pero no puede evitar que sus pies se muevan al ritmo de una vocación temprana y por lo tanto no le quedará más remedio que lidiar con ello como mejor sepa. Aunque actualmente esta historia ha sido adaptada al teatro musical con gran éxito, conviene seguir disfrutando de esa vis de realismo que solo encontramos en la película y que contribuye mejor a que respiremos su rabiosa juventud.      

‘Barrio’, de Fernando León de Aranoa (1997). En el extrarradio del Madrid de los 90 no había móviles ni redes sociales ni mucho que hacer en verano si tus padres no podían permitirse un viaje a la playa por vacaciones. Para las nuevas generaciones es difícil imaginarse una situación así, pero también parece que a muchos adultos se les ha olvidado cómo los más jóvenes mantienen las mismas inquietudes y frustraciones de entonces. Quizás ahora se reflejen de otra manera en cuanto a los canales, pero el mensaje no es muy diferente dentro de un colectivo donde cualquier forma de diversión es un lujo imposible. El visionado de esta joya realista sirve hoy en día para no culpar a la tecnología de unos sentimientos que van asociados a la edad y que es necesario comprender o al menos respetar. Los tres protagonistas nos lo muestran con una sencillez pasmosa de la que poco a poco ha ido aprendiendo el cine español, porque entonces fue un auténtico éxito de taquilla y críticas. Abrió los ojos a una conciencia de clase ahora perdida, y cuyo vínculo con sus jóvenes parece haberse difuminado.  

‘Lady Bird’, de Greta Gerwig (2017). Esta historia de una excéntrica adolescente norteamericana no queda muy lejos de la revolución íntima de cualquier otro joven del mundo. De hecho, la magia de la película se centra en ese sentimiento de carácter universal donde los padres sobran y solo importa el mundo interior que nadie logra comprender, ni siquiera los que comparten tu misma edad, tu mismo contexto o tus mismas circunstancias. La originalidad de las aventuras cotidianas de la protagonista se basa precisamente en eso, en que estas son solitarias y raras, a veces difícilmente digeribles, lo que supone un ejercicio de empatía a prueba de bombas. La joya circunstancial de la película es también la relación de la joven con su madre, abordada con naturalidad y donde asoman los fantasmas de lo que los y las adolescentes se niegan a heredar de sus progenitores, no por odio ni desprecio, sino porque ya han accedido a esa pequeña cuota de libertad con la que quieren abrirse al mundo sin imposiciones.     

‘Cuenta conmigo’, de Rob Reiner (1986). El clásico de los clásicos cinematográficos juveniles es otro ejemplo de la resistencia sin complejos al paso del tiempo. En esta década del siglo pasado se sucedieron muchos films antológicos de este tipo, aunque la mayoría de ellos de ciencia ficción,  hoy revisados a través de la ya mítica serie ‘Stranger Things’. En este caso, fue la adaptación de una novela de Stephen King la que finalmente se convirtió en un retrato emocional de la aventura de cuatro adolescentes de personalidades muy diferentes, que deciden resolver un misterio. Al margen de la acción, lo interesante es el ‘collage’ de sus diversas personalidades, el explosivo encuentro con el miedo y la impotencia y el apoyo mutuo entre todos ellos, donde nada es postizo o forzado, como si hubieran dejado a los jóvenes actores que decidieran el guion a su libre albedrío. Aquí los roles de cartón se dejan para unas mentes adultas que no parecen entender cómo el ingenio juvenil es capaz de ganarles la partida.

‘Castaway on the moon’, de Lee Hey-Jun (2009). Hemos dejado para el final, aunque no por menos importante, esta rareza coreana llena de esperanza. Entre el drama y la comedia, pero imposible de catalogar, cuenta la historia de un hombre atrapado en una isla del río de una gran ciudad, donde nadie acude a socorrerle. Ha llegado allí tras intentar suicidarse pero una vez apartado de la civilización, una fuerza de voluntad vital crece dentro de él en su particular aventura ‘robinsoniana’. Desde lejos, una joven que nunca sale de su habitación y que se alimenta de perfiles falsos en las redes sociales, le observa desde lejos con un catalejo. ¿Es posible la comunicación entre ambos? ¿Es posible así el amor? Esta es la respuesta más sencilla que ofrece la película, porque de la misma emanan otros muchos interrogantes sobre la sociedad de masas y el individualismo poético-juvenil que sobrepasa la frontera de lo habitual. Es decir, son la guinda a un recorrido sentimental, sin precedentes conocidos, al romanticismo en los tiempos del 3.0.