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Siempre me ha fascinado el arquetipo del payaso triste, esa sonrisa pintada que intenta, en vano, esconder conflictos profesionales, económicos, personales o psicológicos detrás de una máscara impostada de colores brillantes. Me fascina porque me aterra la posibilidad de elegir una mueca forzada antes que reconocer la existencia de un problema o la necesidad de pedir ayuda. Me fascina porque creo que todos y todas podemos llegar a convertirnos en un payaso triste si, en algún momento de nuestras vidas, las cosas se tuercen tanto que no podamos encontrar la luz en medio de la oscuridad. Quizá por eso salí del cine tan impactada cuando vi la película Joker y me parece tan importante que se entienda bien el mensaje que nos quiere transmitir.

No quiero escuchar las voces que señalan como culpables de actos violentos a personajes de cómic como V, de V de Vendetta, o a protagonistas del cine y la literatura como el Álex de La naranja mecánica porque el germen de este tipo de conductas es mucho más profundo y complejo que la lectura o visionado de cualquier contenido. Por eso, no creo que convertir al villano irracional del Joker de la DC en el enfermo mental que es Arthur Fleck haga apología de la violencia o invite a espectadores y espectadoras a tomarse la justicia por su mano. Entender los orígenes de un acto violento no lo justifica, más bien nos ayuda a entenderlo mejor, a abordarlo e incluso a ser capaces de prevenirlo en el futuro. Por eso me parece que cintas como esta, de vez en cuando, son necesarias.

Durante la proyección me vino a la cabeza el post que nos regaló Cristina López el pasado 10 de octubre, Día de la Salud Mental, apelándonos a visibilizar datos como que 1 de cada 4 jóvenes ha experimentado ideas de suicidio alguna vez. Aunque nuestra bloguera aclaraba en su artículo que, en la mayoría de los casos, estas ideas, afortunadamente, no trascienden del terreno de lo imaginario, sí que reflejan sentimientos de tristeza, malestar o insatisfacción que no deben ser tomados en vano.

Será por deformación profesional, pero este film también me recordó la investigación “Crisis y contrato social. Los jóvenes en la sociedad del futuro”, en la que ya anunciamos, hace unos años, la ruptura del “contrato social”, ese compromiso implícito entre juventud y sociedad que estipulaba la integración social de los y las jóvenes a cambio de un esfuerzo inicial, normalmente formativo, que se vino abajo con la crisis socioeconómica que estalló en 2012.

Precisamente esa ruptura social, que afecta a jóvenes y no tan jóvenes, es la que refleja Joker cuando señala uno a uno, con su dedo enguantado, los problemas presentes en ese Gotham ficticio que, además de parecerse sospechosamente a la Nueva York de Taxi driver, también podría identificarse con la sociedad de cualquier país occidental del siglo XXI.

Por eso es una película tan incómoda, porque, como si del payaso nacido de la pluma de Heinrich Böll se tratara, Joker no es ni más ni menos que una crítica social. Así queda patente cuando el seguro deja de cubrir la medicación que Arthur necesita para controlar su enfermedad o cuando el Estado cierra los ojos ante el descontento y la precariedad económica de una suerte de ciudadanos y ciudadanas incapaces de encontrar un trabajo digno que les permita subsistir. “Los hombres como tú no interesan al sistema”, le confiesa a Arthur su psicóloga hacia la mitad del film.

Lo mismo ocurre cuando entendemos (perdón por el spoiler) que el origen de los trastornos mentales de Fleck pasan por una infancia de abusos y maltratos, o cuando nos compadecemos de ese Arthur “invisible” que, aunque vive en una ciudad superpoblada, es incapaz de establecer relaciones sociales o declararse a la chica que le gusta.

¿Qué ocurre, pues, cuando todo el ecosistema vital de una persona se derrumba? ¿Qué pasa cuando las situaciones familiar, social, laboral y económica hacen aguas, todas a la vez? Que la bomba de relojería estalla porque la sociedad gothamita solo es capaz de ver, oír o percibir al enfermo Arthur cuando este pierde la cordura convirtiéndose en un peligro para sí mismo y para los demás. Me he pasado toda la vida sin saber si realmente existía”, reflexiona cuando se deja arrastrar al inframundo de la locura, “pero existo, y la gente está empezando a darse cuenta”.

No tomemos la película como una crítica culpabilizadora o como un juicio a la sociedad en que vivimos, no olvidemos que Gotham solo existe en las páginas de cómic de nuestra imaginación. Mejor, tomémosla como una advertencia, como una distopía que nos avisa de las posibles consecuencias de no escuchar a las personas necesitadas, de ignorar a los eslabones débiles, tristes o deprimidos de la sociedad. Tomémosla como un “mejor prevenir que curar” sonrisas de payaso antes de que sea demasiado tarde y lo que se esconde detrás de la pintura salga al exterior de la peor forma posible.

“¿Soy solo yo o las cosas se están poniendo más locas en el mundo?”, se pregunta Arthur. Puede que a veces parezca que el mundo se está volviendo loco, le contestaría yo, pero no estás solo, porque todos y todas estamos aquí para escucharte y juntos podemos construir un sistema que atienda las necesidades de su ciudadanía en toda su abundancia y diversidad.

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