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Marco de referencia para la prevención

El por qué de una relación problemática con las drogas o la causalidad de las drogodependencias, es un cuestionamiento constante y una de las demandas que surgen en cualquier grupo social cuando se habla sobre el fenómeno de las drogas.

En las últimas décadas, los problemas de drogas han sido objeto de alarma y preocupación de distintos gobiernos, entidades públicas y privadas, investigadores, familias, médicos, etc. El fenómeno del abuso de drogas no es un problema aislado de una sociedad concreta sino que tiene un carácter transnacional que afecta a muchos colectivos y que requiere estrategias conjuntas tanto a nivel internacional como local desde y con todos los agentes preventivos posibles para abordarlo.

Sin embargo, para comprender el alcance del problema y lograr posiciones idóneas que comprometan a todos los estratos y estamentos sociales es necesario profundizar en este tema, desmontar estereotipos sociales y objetivar el dramatismo existente en torno a los problemas de drogas. Generar un cambio de actitudes es necesario para realizar una intervención preventiva eficaz

Los usos de las drogas no son nuevos, tienen el mismo recorrido y en paralelo que la historia de la Humanidad. Las sustancias, algunas de ellas actualmente en desuso, han sido objetos de constante convivencia e intercambio dentro de los pueblos y entre ellos.

El significado de las drogas ha variado según la cultura y el momento histórico. Los fines de su uso han sido muy dispares, desde rituales mágicos, religiosos, terapéuticos, festivos, hasta simplemente ociosos. El significado y el sentido que se les atribuye ha determinado la relación que el individuo o el grupo establece con ellas.

Según el significado atribuido se ha dignificado o se ha despreciado el uso de algunas sustancias. Ha habido periodos en los que se ha legitimado el uso de ciertas sustancias y otros en los que las mismas han sido prohibidas. Épocas en las que el consumo de ciertas sustancias se ha extendido de forma masiva en el seno de la sociedad a pesar de las prohibiciones de su uso. También en alguna de estas etapas el consumo se ha convertido en un problema para ciertos grupos humanos. Y por último, en más de una ocasión se ha experimentado terapéuticamente con una sustancia, se ha venerado su facultad curativa y al poco tiempo ha sido retirada por sus efectos secundarios y su peligrosidad para, con el tiempo, salir nuevamente a la luz con una connotación nueva: droga.

Las drogas están integradas dentro de las culturas con diversos significados y funciones. Esta convivencia histórica da a entender que el uso de drogas no siempre ha sido exclusivamente disfuncional y disruptivo sino que también ha tenido un carácter funcional y benefactor, individual y socialmente, en algunos momentos y situaciones concretas de la historia de las sociedades. No se pueden entender los riesgos de las drogas sin entender los beneficios que producen y los que se le atribuyen.

Hablar de la funcionalidad de las drogas en el seno de una sociedad es sumamente delicado ya que se puede interpretar fácilmente como la aprobación, el fomento de situaciones de consumo irresponsable y la banalización de todos los problemas asociados al mismo. Sin embargo, la convivencia con ciertas drogas se ha dado con la misma naturalidad que la convivencia con otros objetos de consumo cuyo uso se instrumenta con un sentido dentro de la comunidad.

Cuando el significado de esa sustancia no estigmatiza ni a su uso ni al usuario, aunque la relación que algunos sujetos puedan establecer sea problemática, no tiene trascendencia en la comunidad. Esto no excluye que en otras épocas el consumo de ciertas sustancias haya implicado también riesgos.

No faltan documentos de los que se deduce la preocupación sobre los efectos indeseables que produce el consumo de ciertas sustancias, donde se remarcaba el límite de lo tolerable tanto en cantidad, en forma de consumo y comportamiento social con el fin de que no se produzcan situaciones deplorables tanto para individuos como grupos.

Por lo que, al margen del momento histórico, el consumo de ciertas sustancias ha supuesto riesgos claramente asociados a la vulnerabilidad del sujeto. Fragilidad en el individuo que asociada a circunstancias ambientales puede generar problemas.

Lo cierto es que, cuando ha aumentado la demanda de ciertas drogas, se han incrementado los riesgos que conlleva el consumo. El origen del incremento de la demanda puede ser múltiple, pero el hecho de que se popularice el consumo de una sustancia supone muy probablemente la pérdida o banalización del significado original y, a su vez, la descontextualización de su uso.

Si al hecho del riesgo asociado a los efectos que la composición de la sustancia ejerce sobre el individuo que la consume, se le suma la pérdida del significado original de la sustancia consumida y la descontextualización del uso, los riesgos de establecer una relación problemática con esa sustancia aumentan considerablemente. Esta situación se agrava cuando se extiende el consumo dentro de los distintos estratos sociales y cada vez es mayor el número de individuos potencialmente susceptibles de problemas.

Si en una sociedad se tipifica una sustancia como droga con un valor nocivo y se le atribuye una peligrosidad, generando una percepción negativa que actúa como filtro, se disminuye la probabilidad de que se consuma debido al temor y recelo que provoca en algunos grupos sociales. En el caso de ser consumida, los usuarios se encuentran en una situación de mayor riesgo. Sin embargo, cuando las sustancias forman parte de la idiosincrasia de una cultura, y están socialmente aceptadas, el uso se vive con tal naturalidad que la percepción de riesgo queda disminuida hasta tal punto que sólo es palpable cuando el problema ya es muy grave.

La convivencia que la sociedad tiene con las drogas socialmente aceptadas y las no aceptadas genera percepciones parciales y comportamientos muy contradictorios. Los estragos que han causado las no aceptadas, como por ejemplo la heroína o algunos derivados de la cocaína, han disminuido la percepción del riesgo que conlleva el consumo de las drogas aceptadas dentro de la cultura. Éstas, causantes también de un sin fin de malestares -a nivel individual, familiar y sociosanitario- carecen de la atribución necesaria para que se perciba el riesgo que conlleva su consumo.

Otra de las consecuencias de la polarización entre las drogas aceptadas y no aceptadas es que favorecen la estigmatización de un perfil concreto de consumidor de drogas y contribuyen a potenciar la percepción de invulnerabilidad frente a los riesgos de los consumos de sustancias socialmente aceptadas.

No obstante, contemplar la importancia que tiene el significado de una sustancia, la contextualización de su uso, el rol funcional y/o disfuncional que desempeñan según el momento y la construcción de la percepción social de los riesgos que conlleva consumir drogas, nos permite analizar de una manera más amplia el fenómeno del consumo de drogas del último tercio del siglo XX.

En los momentos de cambio dentro de una sociedad se agudizan las situaciones problemáticas, se intensifican situaciones que antes tenían sólo cierto cariz de potencial peligrosidad, para convertirse en ese periodo de crisis en uno más de los síntomas del mismo, en un problema real en el que se exacerban sus consecuencias negativas, como es el caso de los consumos de drogas.

Por eso los problemas de drogas nunca aparecen aislados, normalmente se correlacionan con otros conflictos o ayudan a agravar otros problemas. Más que un problema en sí mismos, se producen en un contexto de conflictos tanto individuales como sociales.

Las crisis de consumo de drogas que la Humanidad ha vivido tienen un aspecto común y es que su consumo está asociado a un cambio cultural, que produce una conversión de ciertas drogas en productos de consumo.

Otros elementos que influyen en la génesis actual del problema, además de los cambios culturales y sociales tan vertiginosos de esta época, han sido la facilidad de las comunicaciones y de los intercambios y la progresiva sofisticación del comercio que ha facilitado el creciente comercio internacional y la creciente complejidad de redes ilícitas de tráfico. Asimismo, la existencia de amplias zonas geográficas en gravísima situación económica, social e institucional ha propiciado que extensos territorios se dediquen al cultivo de productos naturales básicos y a la producción de otras sustancias con distinto nivel de elaboración.

La influencia de estos aspectos en interacción con otros como los valores predominantes de un pueblo o país, el grado de bienestar alcanzado, la presencia y accesibilidad a las drogas, la aceptación social de las mismas, la influencia de los mass-media, el grado de participación ciudadana, etc. hace que sea inevitable acudir a una visión comprensiva cuando se quiere entender fenómenos como éste, al que no se puede acceder si no se atiende a la interrelación de los distintos factores que lo conforman y a que la relación entre ellos configura la situación que entendemos como problema.

Desde este punto de vista, esta última crisis de drogas viene acompañada de una globalización y homogeneización de los problemas, es decir, la mayoría de los países están afectados por los mismos problemas, aunque en cada país haya manifestaciones singulares y concretas.

En estas décadas se ha extendido el consumo de sustancias socialmente no aceptadas afectando a todos los estratos sociales de alguna manera. Ha surgido de forma creciente un colectivo muy significativo con necesidad de atención socio-sanitaria debido al abuso de drogas. Se han multiplicado los delitos asociados a consumo de drogas o de personas con problemas de drogas que robaban o agredían en busca de financiación del consumo. Además se han expandido enfermedades infectocontagiosas aparejadas a ciertos patrones de consumo, como el SIDA que tiene, entre sus vías de transmisión, las prácticas asociadas al consumo por vía parenteral. Todos ellos han sido problemas de impacto internacional con sigularidades concretas en cada país, ya sea en la sustancia principal consumida o el patrón de consumo.

En estos años, en la mayoría de los países, se han instrumentalizado planes de actuación en los que se ha contemplando la sensibilización de la población frente al problema. Sin embargo, el fenómeno del consumo de drogas es dinámico y cambiante y desde su eclosión hasta la actualidad ha sufrido ciertas variaciones.

No sólo han cambiado los patrones de consumo sino que cada vez hay más oferta de sustancias para responder a la demanda de cualquier potencial usuario. La diferenciación entre países productores y consumidores se desdibuja cada vez más, entremezclándose la producción y el consumo en los mismos espacios.

El perfil de consumidor de drogas, tan presente en la memoria colectiva, ha comenzado a perder las características inicialmente tipificadas para resurgir como sujetos socialmente integrados lejos de la marginalidad. Igual ocurre con estereotipo de traficantes de drogas, cada vez más próximos en algunos países a estratos sociales acomodados y carentes de otra práctica delictiva.

El impacto del abuso es amplio en la actualidad. Puede tener efectos sustanciales en el individuo, su salud o su estilo de vida. Puede tener efectos significativamente negativos en la familia y amigos del consumidor así como en su salud y bienestar. Hay también efectos potenciales en el trabajo y en el rendimiento. Solamente debemos pensar en el número de accidentes de tráfico y sus efectos en las personas, derivados del abuso de alcohol y de otras sustancias.

La violencia es otra área que aparece frecuentemente asociada al abuso de sustancias. Violencia que puede adquirir diversas formas: crímenes o actos violentos relacionados con la obtención de recursos económicos para mantener el hábito; crímenes que se cometen bajo la influencia de las drogas y violencia unida a tráfico de drogas.

El coste social y personal para las personas que tienen un problema de abuso, sus amigos, familia y el impacto que tiene en las comunidades es evidente y puede ser muy destructivo. Asimismo existen costes ocultos, a menudo económicos, que se relacionan con el abuso de drogas. Estos costes incluyen el sanitario, legal, prisiones, reinserción, absentismo laboral, baja producción laboral, etc. Los costes macrosociales se pueden observar en la desorganización, el riesgo para la democracia y el estado de derecho, etc.

Es muy difícil cuantificar las consecuencias personales, sociales y económicas del abuso de sustancias a escala internacional pero es necesario indicar que son significativas y preocupantes.

Es extremadamente complicado definir una causa del abuso de sustancias. Un gran abanico de factores que contribuyen al problema ha sido definido como "condiciones" que pueden considerarse como factores correlativos que influencian el consumo y los patrones de dependencia.

Los problemas de drogas no se dan nunca aislados. La existencia de otros conflictos personales y contextuales, agravan los problemas. Muchas veces se dan en un contexto de conflictos en los que las drogas aparecen como una manifestación más de situaciones complejas.

Para poder comprender un poco mejor esas condiciones donde surgen los problemas de drogas, los investigadores sociales han sugerido diversas clasificaciones de aquellos factores que influyen en el abuso de sustancias.

Estudios recientes sugieren tres categorías principales que agrupan estos factores: factores personales, factores interpersonales y factores culturales/sociales. Estas categorías incluyen enfoques de distinto corte teórico, donde cada uno da mayor o menor preponderancia a la influencia que cada categoría tiene en el abuso de drogas.

Toda intervención está enmarcada en algún modelo de partida, de forma implícita o explícita, desde el cual se explica un determinado proceso social y se proponen estrategias concretas de actuación. Así, podemos entender un modelo como una guía que da sentido a la acción, integrándola en estrategias globales, evitando el activismo, el hacer por hacer y la pérdida de los objetivos iniciales de referencia.

Nuestra propuesta tiene como punto de partida un conjunto de modelos surgidos en diferentes campos del conocimiento y de la intervención. Cada uno de ellos supone un aporte específico que puede ser útil en el ámbito preventivo, no sólo en drogodependencias sino también en la prevención de otros "problemas sociales" que afectan a la comunidad, como la violencia social e intrafamiliar, las situaciones de abandono de la infancia, los procesos de callejización, etc. En su conjunto, estos marcos de referencia se constituyen como "miradas" complementarias para entender y abordar estos fenómenos.

Desde el modelo ecológico recogemos la importancia de orientar la intervención preventiva hacia la interacción de la persona y su ambiente, teniendo en cuenta los diferentes niveles que rodean a los individuos.

El modelo ecológico entiende al individuo inmerso en una serie de espacios de relación más o menos cercanos, sobre los que es preciso intervenir en su conjunto, si queremos conseguir una mejora en la calidad de vida de las personas.

Los distintos niveles dónde se mueve una persona podrían representarse como círculos concéntricos, donde el más cercano sería el de los espacios primarios de socialización (familia, escuela, amigos) y el más lejano sería el de las condiciones macrosociales, políticas y económicas. Todos los niveles influyen en los itinerarios vitales de la persona de forma más o menos directa, interrelacionándose entre sí, y, por lo tanto, todos tienen que ser considerados para entender un fenómeno social como el de las drogodependencias. este enfoque, la intervención estaría basada en:

  • Potenciar las características personales que permitan una adaptación y/o modificación del entorno según las necesidades de cada uno.
  • Intervenir en todos los niveles, desde el personal hasta el macrosocial, para potenciar los factores protectores y minimizar los factores de riesgo.
  • Potenciar una relación coherente entre los niveles y entre los distintos agentes que intervienen en cada nivel. Por ejemplo potenciar la relación entre la familia y la escuela, entre la familia y los amigos, entre la formación profesional y las condiciones del mercado laboral, etc.

Desde el modelo biopsicosocial se recoge la importancia de promover la responsabilidad individual y social en el mantenimiento de la salud, entendiendo ésta como un proceso de desarrollo continuo a nivel físico, psíquico y social.

Una de las principales aportaciones del modelo biopsicosocial, en el ámbito preventivo, es el concepto de "factor de riesgo". Factor de riesgo ha sido una de las definiciones más reveladoras en el campo de la prevención, no sólo por lo que significa sino por la operatividad que conlleva a la hora de delimitar aquellos elementos, circunstancias o hechos que tienen una alta probabilidad de asociación con el consumo de drogas. Desde este enfoque se entiende factor de riesgo como aquel conjunto de circunstancias, hechos y elementos personales, sociales o relacionados con la sustancia que aumentan la probabilidad de que un sujeto se inicie y se mantenga en un consumo de drogas. Son condiciones de posibilidad que pueden confluir en un momento determinado y aumentar la vulnerabilidad de una persona respecto al consumo de drogas.

No existe una causalidad directa entre los factores de riesgo y consumo, pero se sabe que la conjunción de los factores de riesgo puede despertar la vulnerabilidad en los sujetos respecto al uso de drogas y pueden generar una predisposición favorable al consumo. Las drogas son más necesarias cuanto más vulnerables son las personas. Ningún factor por sí solo puede explicar el fenómeno del abuso de drogas, pero sí la conjunción de varios, desde las demandas del entorno a factores personales.

La drogodependencia podría explicarse como un aprendizaje social en una situación social, vinculado íntimamente con la propia dinámica cultural, donde las características del individuo y las de la sustancia determinan la interacción que consolida ese aprendizaje social

El objetivo metodológico de este modelo es el de ofrecer una definición del conjunto de causas que subyacen a los problemas sociales vinculados al comportamiento humano.

Desde este modelo, la prevención debería incidir en la reducción de factores de riesgo y en la búsqueda de comportamientos alternativos al consumo de drogas. La modificación del fenómeno, dentro de este marco de promoción de la salud no sería sólo responsabilidad de instituciones e instancias sociales, también pasaría por la estimulación de la participación social en el ámbito de la prevención.

El modelo de competencia es también una referencia útil para orientar la intervención preventiva, ya que se centra en potenciar las capacidades de las personas y las comunidades e implicarlas en la búsqueda de soluciones a sus a sus propios problemas, favoreciendo la autogestión ante los problemas.

Por otro lado, el modelo de competencia social, a diferencia del anterior, pone el interés en la conceptualización positiva de la salud y la focalización de las competencias existentes más que en los déficits de los individuos. Este modelo se centra en actividades preventivas diseñadas para promover el desarrollo cognitivo, las destrezas conductuales y socioemocionales que proporcionarán comportamientos más adaptativos y por tanto una mayor capacidad para afrontar situaciones críticas vitales. La competencia individual para la interacción social actúa como factor de protección frente al consumo de drogas por lo que es imprescindible formar a los individuos para hacerles más capaces y activos a la hora de afrontar situaciones de riesgo.

Desde este modelo se pretende:

  • Desarrollar actitudes positivas de afrontamiento, que refuercen la sensación de control y aumenten la autoestima de las personas y de los colectivos.
  • Dotar a las personas de herramientas de análisis: definición de problemas, capacidad de abstracción, capacidad de anticipación de consecuencias.
  • Desarrollar estrategias de resolución de problemas: habilidades de comunicación, habilidades de trabajo en equipo.

Estos modelos de referencia, complementarios entre sí, se constituyen como bases teóricas sobre las que fundamentar la intervención comunitaria. Esta intervención en el ámbito de la prevención de los consumos de drogas pretende el desarrollo de los factores de protección y la disminución de los factores de riesgo, en el marco de la comunidad, y tomando la participación como motor de desarrollo personal y colectivo.

La categorización de factores de riesgo y de protección no deja de encontrarse instalada en el campo de lo relativo, es decir, sirve globalmente para categorizar e intrumentalizar la intervención. Algunos profesionales asemejan los factores de riesgo y los de protección con las dos caras de la misma moneda o incluso se habla de que son una única cosa. Si detectamos los factores de riesgo que en un individuo o grupo aparecen, al intervenir sobre ellos estamos fortaleciendo a ese individuo o grupo y, por tanto, estamos promoviendo factores de protección

Cada factor de riesgo puede ser tal en una situación concreta en la vida de una persona, pero en otra circunstancia puede no ser un riesgo sino una protección, o lo que es lo mismo, en un determinado grupo ciertos comportamientos pueden ser protectores y en otro de riesgo.

Durante todos los estadios del ciclo vital del desarrollo evolutivo del individuo hay situaciones de riesgo o de crisis inevitables, momentos de disfuncionalidad propios que el individuo debe afrontar en el proceso de construcción vital. Del mismo modo, con la gran cantidad de factores de riesgo determinados no existe ninguna persona o grupo social que sea lo suficientemente fuerte, seguro o maduro para encontrarse libre de riesgo.

No obstante, no existe una competencia en términos absolutos, sino que se puede decir que un sujeto es competente cuando sabe hacer uso de los recursos personales y ambientales para lograr un progresivo resultado evolutivo.

Dada la imposibilidad de la conexión directa y explícita entre causa y efecto del origen de los problemas de drogas, la realidad de un mercado de consumo de drogas donde la oferta variará en el tiempo según las corrientes de la demanda y la necesidad real de formar al individuo en aspectos psicorrelacionales, la prevención desemboca en un planteamiento único que debe realizarse a través de procesos de desarrollo educativo que busquen propiciar la madurez de los individuos y los grupos.

Existen otros modelos que explican y proponen estrategias de actuación a la hora de abordar lo problemas de abusos de drogas, que conviven con los enfoques mencionados anteriormente y que completan las distintas aristas que tiene un fenómeno tan complejo como éste. Se impone abordar el fenómeno de las drogodependencias valorando las aportaciones de los diversos enfoques. Al margen del discurso social, se trata de una cuestión de oferta y demanda.

Por lo tanto, en la lucha contra las drogas, adquieren sentido dos tipos de estrategias:

  • Control de la oferta: Alcanza toda su razón de ser en la medida en que contribuye a la protección de la sociedad, especialmente de los grupos más vulnerables, más necesitados de ser protegidos por su carencia de garantías autónomas suficientes, como es el caso de los niños y adolescentes. Es un control que la propia sociedad se autoimpone, a través de legisladores, políticos y fuerzas de seguridad y que pretende, mediante fórmulas diversas, evitar o regular la presencia de drogas ilegales o legales.
  • Reducción de la demanda: persigue reducir el atractivo y la función instrumental de las drogas, informando sobre sus riesgos, facilitando alternativas de vida y favoreciendo el desarrollo de personas y colectivos menos frágiles, más seguros, libres y autónomos. La reducción de la demanda se articula mediante dos tipos de actuaciones: explícitas o tendentes a mejorar las situaciones de riesgo de consumo a través de acciones formativas e informativas; transversales que, mediante la potenciación de hábitos de vida, valores y actitudes propias de una sociedad sana y madura, buscan la aparición de factores de protección frente a la oferta de drogas.

Aunque, lógicamente, todos los aspectos del problema son importantes, nuestro modelo de actuación centra su actuación en el ámbito que, en el contexto del momento, interpreta como más necesario y más próximo a las posibilidades de acción: la prevención de los problemas de drogas a través de la reducción de la necesidad y demanda de las mismas. Esta estrategia, original e innovadora en un tiempo en que primaba el esfuerzo por el control de la oferta y por la atención al drogodependiente, ha sido con posterioridad ampliamente reconocida por los organismos internacionales responsables: UNESCO, OMS, Naciones Unidas, Unión Europea, etc., que están planteando de forma clara y contundente la necesidad de potenciar la prevención como la vía más eficaz de abordar este problema.

Partimos pues, de un concepto, la prevención, entendida en un sentido amplio que abarcaría toda acción tendente a evitar o disminuir el consumo de drogas o a paliar los efectos que el consumo puede presentar en los consumidores, sus familias y allegados y en la sociedad en general; todo ello actuando desde y sobre la propia sociedad y sobre los individuos, buscando la potenciación de los propios recursos personales y comunitarios y la promoción de unas personas y unos grupos sociales más libres, más seguros y más solidarios ante los problemas de las drogas.

Las estrategias de prevención de los consumos de drogas en el campo de la reducción de la demanda deben adaptar sus objetivos a la evolución de unos problemas de drogas que, además de darse en contextos sociales cambiantes, plantean continuamente necesidades nuevas. Esta adaptación de las fórmulas ha debido hacerse sin merma de las que se entienden como exigencias metodológicas inexcusables. La prevención debe reunir, al menos, algunas de las siguientes características:

  • Debe ser viva: acompasándose a los cambios del contexto social.
  • Deber ser continuada: no centrándose en acciones aisladas.
  • Debe ser comprensiva: involucrando a distintos agentes y grupos sociales.
  • Debe ser técnica: huyendo de actuaciones voluntaristas.
  • Debe ser evaluable: para conocer su alcance y su eficacia.

En la actualidad cuando se habla de una intervención adecuada en prevención del consumo de drogas implica la existencia de una serie de elementos subyacentes sobre los que se construye esa intervención. Uno de esos elementos constituyentes es el modelo teórico de partida, que necesariamente ha de estar validado, siendo la base sobre la que se ajustan el resto de los elementos.

Abogamos por un enfoque educativo de la prevención, entendiendo la educación como un proceso intencional que pretende mejorar a los sujetos. Cuanto más capacitadas estén las personas, más posibilidades de manejarse satisfactoriamente en las distintas situaciones que entraña vivir en una sociedad cada vez más compleja. Desde este planteamiento, educar para la vida, siendo un concepto a la vez tan genérico y concreto, al mismo tiempo es la propuesta fundamental de la intervención en prevención. Propuesta que se articula de forma singular según el espacio donde se desarrolle la acción.

Así como no existe una única causa o factor que lleve al abuso de drogas, no existe tampoco un único enfoque o respuesta que pueda prevenir el abuso de drogas. Las estrategias de prevención tienen que relacionarse con las necesidades del individuo y el grupo y tiene que dirigirse a atender las necesidades, condiciones y factores particulares que son prevalentes. La respuesta tiene que ser sensible y apropiada al entorno, cultura y grupo diana y tener los objetivos claros con respecto a los resultados que se pretende obtener.

La intervención en prevención desde el modelo educativo contempla todas las esferas educativas y todos los ámbitos posibles donde la acción de educar se concreta. Por lo tanto, trabajaremos desde los ámbitos escolar, familiar, asociativo, comunitario, etc.; ámbitos todos ellos de socialización para el individuo desde edades tempranas, lo que les confiere un papel privilegiado para la formación integral del sujeto.

Por ejemplo, una estrategia preventiva que pretenda aumentar la sensibilidad sobre el tema de las drogas en la población general podrá utilizar campañas de sensibilización social a través de los medios de comunicación aunque su impacto sobre las conductas de uso y abuso de drogas no sea significativo.

Si la población objetivo son niños que todavía no han usado sustancias psicoactivas, una estrategia adecuada puede estar relacionada con programas de salud y habilidades sociales para ayudar a desarrollar capacidades y destrezas que disminuirán la probabilidad de que surjan problemas de abuso de sustancias. Además, podemos desarrollar la autoestima, transmitir información, desarrollar normas subjetivas, alternativas de ocio, etc.

Con población juvenil que ya está experimentando o usando drogas, las estrategias tendrán que incluir además un enfoque más pragmático e incidir en aumentar el conocimiento sobre sustancias y sus efectos y las consecuencias de su uso junto con el tema de las conductas de riesgo asociadas.

Con aquella población que ya está abusando de sustancias, la estrategia tendrá que centrarse inicialmente en las conductas problemáticas y en reducir los daños o minimizar los riesgos para prevenir futuros abusos.

Si la población diana son los intermediarios, como los padres, profesores, etc., la estrategia podrá enfocarse a facilitarles conocimientos relevantes sobre el tema y las habilidades necesarias y apropiadas para promover la comunicación entre sí y la población de niños y adolescentes que tienen a su alcance. También podemos desarrollar estrategias que orienten sobre la educación moral y el desarrollo afectivo de hijos y alumnos.

A nivel individual podremos trabajar con los procesos de crítica y reflexión de los valores sociales, las actitudes personales y el desarrollo de las competencias de interacción social.

En el grupo tendremos que favorecer el compromiso grupal entre padres y educadores, el asociacionismo y la creación y fortalecimiento de las redes comunitarias.

El enfoque de prevención, por lo tanto, tiene que ajustarse para que satisfaga las necesidades de la población y los objetivos de cada intervención. Las estrategias no son únicas ni excluyentes entre sí. Necesariamente debemos combinarlas. El objetivo final es que con la intervención se reduzcan las posibilidades de abuso de drogas.

El recorrido histórico del problema y el balance de lo realizado hasta ahora confirman la idea de que la cuestión de las drogodependencias dista mucho de estar resuelta y de que probablemente no lo esté nunca. Debemos eludir tanto los planteamientos simplistas como las posiciones maximalistas, ambos dudosamente eficaces.

Tenemos claro que los problemas no se solucionarán ni a través del control pleno del narcotráfico, ni con la liberación de los consumos.

Sea cual sea la aproximación intelectual de la que se parta, está claro que las vías de respuesta a las drogas no son nunca ni únicas ni unívocas. Entre otras razones porque, como hemos visto a lo largo de la historia, junto al consumo de las llamadas drogas ilegales, ha aparecido el fenómeno de la alteración de las pautas de consumo de las legales (sobre todo el alcohol) que, según todos los análisis, nada tienen que ver ni con la incidencia del narcotráfico ni con la tolerancia de su oferta pública, sino con contextos culturales muy determinados, con valores colectivos y comportamientos individuales que configuran la situación real de "salud pública" en cualquier país.

Como se dice en este documento, los efectos de las drogas han aparecido siempre a lo largo de la historia de la Humanidad, con manifestaciones, efectos y percepciones muy diversas que evolucionan continuamente. Las drogas, en este sentido, son un problema permanente, lo que no quiere decir que sean un problema sin solución. Lo que cambia es el modo de afrontar el problema. De ahí la necesidad continua de las tareas de prevención.